lunes, 19 de febrero de 2018

La declaración de Marcelo

Lo acompañé a declarar. Había algo raro en él, en su forma de hablar o de pararse, y de eso raro era más consciente todavía delante de otros. Era estrábico: a los tres años, un rayo de bicicleta le entró en el ojo. En su casa había una foto de él antes del accidente y era precioso y parecía otro, un Marcelo que en una dimensión paralela seguió creciendo con el ojo normal. Estaba convencido de ser un cheto de Olivos pero no lo era. Se llamaba Moreyra y su papá, entrerriano, hacía corretaje de plásticos. Los domingos de verano en la casa de la Francisca transcurrían para mí dentro de las muchas palanganas y fuentones que More, el padre, atesoraba en un galpón en el patio. Se notaba que hacía esfuerzo para superar lo del ojo, pero estoy segura de que al Marcelo de la otra dimensión le falta una nota de resentimiento que tiene el mío. Era consultor de marketing pero Argentina decía que no tenía nunca trabajo y el hecho de que luego del divorcio volviera a vivir con la Peti parecía darle la razón. Se le notaba el esfuerzo por aparentar un éxito profesional que no tenía. Después se enfermó. Artritis reumatoidea. Hay días que no me puedo mover, me dijo cuando nos reencontramos justo antes de mi viaje a Alemania. Lo contaba como una curiosidad, no como algo destinado a dar pena. Este otro Marcelo que conocí, tan distinto del de mi infancia, era todavía más raro que el pseudo cheto simpatizante de la Ucedé que tenía una estatuita caricaturesca de Álvaro Alsogaray con sus dedos en L. El Marcelo final tenía algo rígido en el cuerpo, difícil de localizar, algo que hacía que las palabras salieran de su boca como mordidas. Para peor, hablaba con una ironía sin gracia que podía llegar a ser agresiva. Así declaró. Un poco como burlándose del hecho terrible de que era la primera vez que la Justicia lo escuchaba contar cómo los milicos tocaron a su puerta en una noche de primavera de 1978 en la que se estaba preparando para salir a bailar con dos amigos. La primera vez, dijo, había sido en una comisaría, porque en esa época la policía instruía las causas, la misma policía que liberó el área para la actuación de los milicos: fue más un interrogatorio que otra cosa, dijo con ese asomo de sonrisa tan raro y la voz como tirada para atrás con fuerza. Fumaba. Fumaba mucho. Argentina le llevaba siempre dos paquetes de Parissiens de regalo, creo que le gustaba comprárselos porque eran los que fumaba Jose. Con evidentes ganas de fumar contó por primera vez el operativo. Cuando empezó a enumerar los autos y camiones, los soldados apostados hasta en el muro del cementerio, enfrente, a Paty en un auto, ¡a Jose en un camión!, dudé, lo confieso. Siempre había imaginado un operativo más discreto, dos autos y ya, algo más acorde al fade out de las desapariciones que se verifica por esos años. El relato de Marcelo era inverosímil. Todo entró en una bruma. Ya no sabía qué era cierto y qué no, no entendía por qué agrandaba todo, si estaba mal de la cabeza o qué, si había alguna patología psiquiátrica que explicara eso raro en él, porque sencillamente no podían ser reales tantos milicos, tantos vehículos. Hundidos en la bruma empezamos después a pasar las páginas del libro de fotos, sin nombres. Marcelo había hablado de un colorado que parecía a cargo de esa parte del operativo y que estaba visiblemente nervioso. Y en ese libro de retratos fotocopiados, en blanco y negro, Marcelo señaló la foto sin nombre de Vázquez Sarmiento y dijo: éste es el que estaba nervioso, el colorado. La bruma se disipa en un instante, el aire se vuelve frío y cristalino, se abre paso el rayo de la Verdad, porque Vázquez Sarmiento es el Colo. Y entonces todo cae de nuevo en una bruma, pero una bruma distinta, la bruma espesa de saber que todo lo que cuenta Marcelo es cierto, que de verdad estuve metida en semejante operativo militar, todos esos autos y colimbas y armas largas para secuestrar a dos hombres que no se resistieron, a una embarazada y a una beba. No puede ser pero lo es, Marcelo reconoce a un pelirrojo en una fotocopia, se acuerda de todo, guardó todos estos años una foto mental de ese momento que no puede haber durado más de cinco minutos pero que desde entonces sucede sin pausa, para él y para mí.  

1 comentario:

Andrea Lampón dijo...

Llegué a tu blog por la página www.en-trama.edu.ar me pareció bien escrito este último post. Muy terrible lo que nos pasó como país